Ser científica o ser madre

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Por Noelia López, doctora en Biología y portavoz de Ciencia de Cs en la Asamblea de Madrid

Uno de los techos de cristal más infranqueables para las mujeres está en la carrera científica. No es una opinión, es un hecho objetivo porque los datos son claros. Lo que sí puede ser objeto de debate es la causa de esta brecha. De hecho, interpretar correctamente los motivos que hay detrás de que las mujeres se vayan ‘cayendo’ por el camino es imprescindible para introducir medidas que lo eviten y que permitan que hombres y mujeres cuenten con las mismas oportunidades.

El objetivo no debe ser alcanzar la paridad matemática per se, sino que las científicas no encuentren obstáculos adicionales a los que se enfrentan sus compañeros solo por el mero hecho de ser mujer. Se trata de justicia, de igualdad de oportunidades. Se trata de que la valía de científicos y científicas se centre única y exclusivamente en su capacidad investigadora.

Se habla con frecuencia de que no hay suficientes vocaciones científicas femeninas y de que necesitamos referentes mujeres para que las niñas de hoy, que son las científicas del futuro, puedan encontrar su vocación. No digo que no sobren, desde luego, porque es un hecho que las científicas ha sido invisibilizadas repetidamente a lo largo de la historia. Sin embargo, lo cierto es que no parece existir desequilibrio de genero en la primera etapa de la carrera investigadora.

Tal y como establece el informe Mujeres Investigadoras 2020 elaborado por el CSIC, en la etapa más temprana, la etapa predoctoral, la presencia de hombres y mujeres es similar (50,8% de mujeres y 49,2% de hombres). Es cierto que hay tantas experiencias personales como personas. En mi caso, como bióloga vocacional desde que tengo memoria, nunca he sido consciente de discriminación de ningún tipo en ninguna de las etapas educativas ni he tenido ninguna sensación de que se me impidiese dedicarme a la investigación científica por el hecho de ser mujer. En mi disciplina, la presencia de mujeres estudiantes en la Facultad de Biología era aplastante y de igual manera ocurría en la etapa predoctoral, donde la mayoría de los investigadores jóvenes éramos mujeres.

Si no existiesen obstáculos específicos asociados al género, es lógico pensar que la tendencia paritaria se mantendría a lo largo de la carrera científica. Sin embargo, a partir de la siguiente etapa, la etapa posdoctoral, la presencia de mujeres va disminuyendo progresivamente hasta caer brutalmente entre los profesores de investigación. ¿Por qué? ¿Son las científicas menos capaces de llevar un proyecto de investigación independiente? ¿Hay discriminación por parte de sus superiores? ¿Se las considera menos que a sus compañeros? ¿Se ‘mentorizan’ menos mujeres que hombres? ¿Minusvaloran los tribunales de evaluación a las científicas?

La respuesta no obedece a un solo factor, pero sí hay un motivo disruptivo por excelencia: el obstáculo con mayúsculas es la dificultad de la conciliación familiar y, en concreto, de la maternidad. Ese es el momento que condiciona en muchas ocasiones el resto de nuestra carrera, porque los contratos posdoctorales no suelen ser de larga duración e interrumpir el progreso de tu trabajo supone un freno que es complicado de levantar.

Por eso, la conciliación familiar es la clave para que las mujeres científicas estemos en igualdad de condiciones. Esto sólo puede superarse contando con una plena corresponsabilidad familiar, igualando de forma efectiva los permisos de maternidad con los de paternidad y contando con medidas específicas que ayuden a que las científicas no tengamos que elegir entre nuestra carrera profesional o ser madres.

Sabemos que los obstáculos a la maternidad y a la conciliación existen en el área científica tanto como en otras. Sabemos que los gobiernos deben poner en marcha políticas públicas para reducir al mínimo esas barreras y para facilitar un desarrollo personal y profesional pleno. Lo que necesitamos ahora es tomar las iniciativas que ya están llevando a cabo algunas comunidades autónomas y convertirlas en una política de Estado. Entonces estaremos avanzando. Hasta ese momento, desgraciadamente, muchas científicas tendrán que seguir eligiendo qué parte de su vida quieren sacrificar.