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| lunes, 19 de abril de 2010 h |

Sergio Alonso es redactor jefe de ‘La Razón’

En el sorprendente intercambio de roles que han protagonizado estos días la Organización Médica Colegial (OMC) y la Confederación Estatal de Sindicatos Médicos (CESM), la entidad dirigida por Patricio Martínez ha dado en la diana al denunciar públicamente la política de ‘manga ancha’ que mantiene el Ministerio de Sanidad y Política Social en materia de recursos humanos. Adentrándose de forma poco casual en un campo más propio en principio de los colegios profesionales que de las organizaciones sindicales, la CESM ha abierto la caja de Pandora al destapar que un 45 por ciento de los médicos que harán este año la residencia en hospitales y centros de salud de toda España tras superar el preceptivo examen MIR serán extranjeros. No comunitarios, para más señas. La confederación recuerda lo caro que cuesta formar a un licenciado en nuestro país y lamenta que las autoridades desaprovechen luego tal inversión, abriendo la espita para paliar el déficit de profesionales a foráneos en un proceso al que califica de “coladero”. Alude en concreto a que para acceder a la prueba “basta con haber iniciado el trámite de homologación del expediente académico y tener un visado de estudios por mediación de una academia privada”. La denuncia es gravísima. Como es lógico, el Ministerio de Sanidad ha negado la mayor y defiende la incorporación de extranjeros: “Además de cubrir los desfases hoy existentes entre las necesidades del sistema sanitario y la capacidad de producción de facultades españolas, estimula el intercambio cultural, científico y tecnológico, y supone un fuerte estímulo al desarrollo”, sostiene el departamento que dirige Trinidad Jiménez.

Más allá de las cuitas reales que hayan desencadenado la actuación de la CESM como “brazo armado” de la OMC, lo cierto es que el ministerio debería recapacitar y dar un lavado total de cara a su política de Recursos Humanos. La extranjerización de la profesión y la falta absoluta de planificación por parte de las autoridades sanitarias están provocando situaciones peculiares y muy chocantes. Es sabido, por ejemplo, desde hace meses, que médicos foráneos, mayoritariamente iberoamericanos, utilizan España como plataforma para obtener la especialización, y ejercerla luego en otros países de la UE en donde el coladero, simplemente, no existe. La historia es como sigue: asentados, verbigracia, en Francia, Reino Unido, Alemania o los Países Bajos, acceden temporalmente a España para especializarse en un área específica de la Medicina; una vez conseguida, vuelven a dichos países para ejercer con un título que no habrían podido conseguir en ellos ante las lógicas y duras trabas existentes. El enfado de las autoridades sanitarias de esos Estados con España es notorio.

Los recursos humanos no son, desde luego, el plato fuerte del ministerio, en donde, por no funcionar, no funcionan ni los órganos de interlocución sindical o asociativo. El Foro Marco para el Diálogo Social que con tanto ahínco como impericia defendía Fernando Puig de la Bellacasa en su etapa como subsecretario a las órdenes de Elena Salgado duerme hoy el sueño de los justos y es el máximo exponente de un área dejada de la mano de Dios, de Evencio y de tres más. El siguiente error ministerial puede ser la reforma de las especialidades médicas, desencadenando un malestar sin precedentes en la clase médica española. Conocer el escenario y a los protagonistas reales que impulsan tales cambios resulta tan sorprendente e inexplicable como descriptivo de la situación que atraviesa el personal en el Sistema Nacional de Salud. Un polvorín en toda regla, a punto de estallar.