Marian Rojas-Estapé, psiquiatra del Instituto Español de Investigaciones Psiquiátricas, da las claves para minimizar el impacto de la crisis del nuevo coronavirus en la salud mental, con consejos especiales para los profesionales sanitarios que están en primera fila.

Pregunta. El Covid-19 ha traído consigo también una pandemia de miedo y de incertidumbre, ¿cómo afecta a la salud mental? ¿Tiene alguna repercusión a nivel físico que pueda pasar factura? ¿A qué plazo?

Respuesta. El miedo es una emoción básica del ser humano; pero siempre que aparece nos muestra la realidad peor de lo que es. Los estados de miedo, de alerta y de estrés mantenidos alteran el organismo y acaban pasando factura. Por eso es tan importante pasar de ese estado de miedo y amenaza que comenzó hace unos días a un estado de adaptación para que nuestro organismo y nuestra mente se resientan lo menos posible.

P. ¿Cómo se pueden canalizar esos miedos?

R. A pesar de que los datos son alarmantes existen “buenas” noticias que van surgiendo a diario y hay que agarrarse a ellas. En mi caso, una de las más importantes es saber que China ha conseguido frenar el avance masivo del virus y muchos otros países lo están logrando. Otra “buena” noticia es saber que la gran mayoría de la población que está siendo infectada o que se verá infectada en las próximas semanas, sufrirá los síntomas de forma leve o moderada sin necesidad de acudir a Urgencias ni ser hospitalizado. En tercer lugar, creo que ayuda pensar que todos los grandes científicos y los principales laboratorios del mundo están buscando vacunas, fármacos y maneras de hacer frente a esta pandemia. Nos encontramos en el momento de mayor avance tecnológico y médico de la historia y cada vez nos acercamos más a la solución.

Por otro lado, hay una frase que resuena en mi mente desde que esto comenzó, “¿qué me pide a mí el coronavirus?”. Es decir, a todos esta situación nos ha sacado de nuestra zona de confort, nos ha llevado a replantearnos nuestra vida, nuestro trabajo, nuestra manera de gestionar el entorno, nuestra economía, nuestros miedos, nuestras vulnerabilidades…

Tras haber superado la terrible fase de miedo, amenaza y pánico hace unos días, hemos comenzado a adentrarnos en la fase de adaptación donde hay que realizar un planteamiento de vida ya que este virus “ha llegado para transformarnos” psicológicamente, emocionalmente, personalmente y socialmente de forma muy importante.

A pesar de que los datos son alarmantes existen buenas noticias que van surgiendo a diario y hay que agarrarse a ellas”

P. ¿Qué debemos hacer para mantenernos fuera de esa espiral?

R. Es importante estar informados pero no sobreinformados. Intentar tener la cabeza despejada con otros temas y un par de veces al día conectarnos para conocer las últimas noticias. No es necesario saber en tiempo real el número de infectados, las noticias relacionadas con personas que dan positivo, las personas fallecidas… Todo ello empeora nuestro estado de alerta y por tanto nuestra salud. Otro consejo que creo que puede ser útil: los estados de alerta generan un aumento de síntomas físicos. Por ejemplo; si uno está constantemente analizando sus molestias musculares, existen muchas posibilidades de que a lo largo del día se queje de dolor de espalda. Las molestias de garganta, la carraspera, la tos, sentir calor (¡y querer tomarse la temperatura!) pueden verse agravados cuando uno está excesivamente alerta.

“Es importante estar informados, pero no sobreinformados. Basta con ver las últimas noticias un par de veces al día”

P. Nuestros lectores son profesionales sanitarios. En este momento la gran mayoría están sometidos a unos altos niveles de estrés, ¿qué pueden hacer para cuidarse?

R. Son nuestros héroes. Sin lugar a dudas. Cuando esto pase, estoy completamente segura de que la población valorará aún más, si cabe, su labor. Estoy en contacto estos días con muchos médicos, amigos, compañeros que están en primera línea. Mi consejo es que se cuiden, no solo desde un punto de vista del contagio del virus, sino psicológico. Es importante que hablen, que compartan sus inquietudes con otros profesionales, que descansen (siempre que puedan), que se alimenten bien, y sobre todo que los ratos que estén fuera del hospital eviten las conversaciones sobre lo mismo para tener una sensación –aunque sea ficticia– de que salen del bucle del “monotema”.


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