Lecciones aprendidas en la primera etapa de la COVID-19

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Por Fernando Prados
Subdirector General de Información y Coordinación del Ayuntamiento de Madrid

Hay muchos factores que enriquecen nuestra experiencia. Quizás aquellos que nos han permitido desarrollarnos profesionalmente o los que aportaron soluciones a situaciones de satisfacción profesional por los resultados o el reconocimiento, son los que tenemos más presentes a la hora de abordar nuevos retos. Permítanme, por ello, que me centre en tres aspectos que considero principales para afrontar cualquier problema que se le plantee a un sistema de salud y que podríamos aplicar al COVID-19.

En primer lugar, cualquier sistema sanitario depende de la aptitud y actitud de los profesionales que la forman. Tal vez sea una obviedad que podemos trasladar a cualquier otro ámbito, pero en este caso está en juego la sostenibilidad de la herencia por la que tanto se esforzaron nuestros abuelos y padres y que hoy forma parte de nuestro bienestar social que deberíamos entregar mejorado a los que nos sucedan. Es necesario incentivar a los profesionales, aunque ya me conformo con no desincentivarlos más, conseguir que se valore el esfuerzo individual y los resultados, que adquieran el protagonismo que se merecen y que su cansancio no sea utilizado como moneda de cambio de cualquier reivindicación. Pero no soy pesimista, al contrario, creo que en España tenemos un altísimo nivel de conocimiento y los mejores en disposición para enfrentarse a cualquier situación como se ha demostrado en los últimos tiempos. La profunda transformación que requiere nuestro Sistema Nacional de Salud pasa por permitir la incentivación del profesional con criterios objetivos y justos.

Por otro lado, de la emergencia aprendí que las cadenas se rompen siempre por el eslabón más débil, que es el que determina las posibilidades de toda la cadena. Los resultados dependen de aquella parte que primero se agota y fortalecer el resto no produce ningún beneficio si no actuamos sobre la parte limitante. Buscar ese eslabón es una exigencia para abordar cualquier objetivo y reforzarlo, el secreto para conseguirlo. En esta pandemia hemos oído mucho que hay que fortalecer la atención primaria, dotarla de medios y profesionales que permitan equilibrar el sistema sanitario. Pero lo decimos al tiempo que exigimos estar a la última en tecnología, que nuestros hospitales estén capacitados para atenderlo todo, con los últimos tratamientos a la cabeza de la innovación, perdiendo en eficiencia, pero ganando en equidad. No podemos olvidar que el objetivo de todo sistema de salud es eso, la salud de las personas, de todas las personas.

Y por último y muy relacionado con lo anterior, soy un convencido de la coordinación, pero no de la palabra que se ha usado para todo, sino de potenciar sinergias entre las actividades que buscan un mismo objetivo. Podemos debatir qué aspecto es más importante en gestión para producir mejores resultados, pero sabemos que si buscamos aspectos de mejora en unos, que faciliten y fortalezcan los otros, todo será más fácil e irá mejor. No podemos parcelar los niveles asistenciales sino buscar su integración para dar respuesta a las necesidades del paciente, dándole lo que necesita cuando y donde lo necesita.

Y todo esto se puso de manifiesto en el Hospital de IFEMA donde los profesionales supieron enfrentarse a una situación inédita, adaptándose y siendo flexibles para ofrecer lo que necesitaba en ese momento el Sistema Sanitario en Madrid, porque el número de pacientes que acudió con criterios de ingreso a los hospitales sobrepasaba su capacidad, aunque se habilitaran todos los espacios posibles de sus estructuras. Y fue necesario habilitar cuidados a pacientes fuera del sistema hospitalario para permitir que los demás pudieran ser tratados con los recursos que necesitaban y así poder mantener una correcta atención de todos ellos. Y un factor clave estuvo en la participación de profesionales de Atención Primaria en una actividad hospitalaria que en ese momento era necesaria. En los hospitales, otros especialistas, también supieron adaptarse y se involucraron en la atención de pacientes con COVID 19 ofreciendo su apoyo en otros servicios que tuvieron que hacerse cargo de un número de pacientes, de camas y de plantas de hospital, muy por encima para lo que estaban dimensionados.

Y toda esta transformación se ha hecho al tiempo que se adecuaban otras actividades necesarias para la atención de pacientes en un hospital, adaptándose y ajustando sus movimientos a los cambios que se han ido produciendo. En el Hospital de IFEMA se complementaron estas actividades mientras se diseñaban y montaban las camas al mismo tiempo que los servicios de un hospital, con la idea de atender a aquellos pacientes COVID-19 que estaban pendientes de ingreso en las ya saturadas urgencias y cuyo perfil se adaptara a las condiciones y recursos que se pudieron generar en IFEMA. Respondiendo a ese perfil clínico, 3.817 pacientes fueron ingresados desde las urgencias de los hospitales en apenas 34 días, y continuó operativo 8 días más, hasta que se dio el alta al último paciente. Al final no fue un hospital más del SERMAS, sino un eslabón temporal de refuerzo que permitió que los demás pudieran atender en mejores condiciones al resto de sus pacientes y por lo tanto, conseguir que funcionara mejor todo el sistema y todo ello gracias a aquellos que supieron actuar y dieron un paso al frente.