Obesidad: la gran (y menospreciada) pandemia del siglo XXI

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Por Francisco José Tinahones, presidente de la Sociedad Española de Obesidad (SEEDO).

En un año donde la COVID-19 ha predominado sobre las otras patologías, no podemos olvidar que hay otros problemas de salud pública que azotan prácticamente a todos los países de nuestro planeta. Uno de ellos es la obesidad, que en este momento afecta a más de 650 millones de personas y con un crecimiento continuado en las últimas décadas.

Durante este último año la obesidad ha vuelto a estar en los medios de comunicación y en las tertulias, pero ligado a que los estudios científicos han demostrado que la obesidad es uno de los principales factores de riesgo para un mal pronóstico de la COVID-19. Los pacientes obesos tienen más riesgo de ingreso hospitalario, de necesitar asistencia en unidades de cuidados intensivos y una mayor mortalidad.

“La obesidad ensombrece el pronóstico de la COVID-19, pero también el cambio de estilo de vida que ha provocado el coronavirus ha aumentado el grado de obesidad”

Ambas pandemias se han retroalimentado. La obesidad ensombrece el pronóstico de la COVID-19, pero también el cambio de estilo de vida que ha provocado el coronavirus ha aumentado el grado de obesidad. En un estudio realizado por la SEEDO, la mitad de la población afirmaba que había ganado peso en el primer confinamiento; curiosamente, los sujetos que conocían que la obesidad afectaba negativamente a la COVID-19, fueron los que menos peso aumentaron en el confinamiento.

Pero esta actualidad e interés me temo que pasará, y volverá a dejar a la obesidad en la penumbra informativa: sin duda, es la enfermedad peor valorada en muchos sentidos. En primer lugar, los enfermos que la padecen suelen ser vistos por los demás como personas sin voluntad y se les responsabiliza de su patología. En segundo lugar, no existe una conciencia de esta enfermedad en la población general y la mayoría de los pacientes obesos no creen estar enfermos; incluso, todavía existen creencias que consideran que tener unos kilos de más es símbolo de salud. Y, por último, las administraciones públicas de casi todos los países discriminan a esta enfermedad: los tratamientos contra la obesidad, que cada vez están demostrando mayor eficacia, no están financiados por los sistemas públicos de salud.

Sin embargo, hay algunas razones para la esperanza. En algunos países de nuestro entorno, la obesidad ha empezado a ser considerada a nivel político como una enfermedad más; esto es muy importante, porque si se erradicase esta enfermedad con medidas preventivas y terapéuticas, prácticamente desaparecería la diabetes tipo 2, se reducirían de forma significativa determinados tipos de cánceres y muchas enfermedades cardiovasculares y, en definitiva, mejoraría drásticamente el nivel de salud de la población.

¡Ya vamos tarde para hacer frente al creciente problema de la obesidad y, de la misma forma que sucede con la pandemia de coronavirus que nos azota, vamos muy por detrás de ella!