La hormona D, fundamental en la salud de nuestros huesos

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La vitamina D y la salud ósea están íntimamente relacionadas, siendo una pareja de baile tan importante como otras más conocidas: yodo y tiroides o glucosa e insulina. Esta hormona está implicada en la salud de nuestros huesos, desde la formación del esqueleto en el feto, pasando por la infancia y la juventud hasta los 50 años, momento en el que suele comenzar el verdadero riesgo de desarrollar osteoporosis al descender la capacidad de formación de esta hormona por el organismo de manera fisiológica, entre otras razones.

No es posible hablar de salud ósea (entendiendo como tal conseguir un adecuado pico de masa ósea, una correcta mineralización del esqueleto y una adecuada resistencia de los huesos) sin la presencia constante de cantidades adecuadas de vitamina D o de hormona D por mejor decir.

A lo largo de nuestra vida nos vemos expuestos a condiciones externas que pueden afectar al desarrollo de nuestro esqueleto y a nuestros niveles de vitamina D, como pueden ser el sedentarismo prolongado, la ingesta de bebidas carbonatadas en exceso, el consumo de café, alcohol o tabaco, así como el trabajo sin exposición a la luz solar. En este sentido, unos niveles deficitarios de 25-OH-D pueden afectar a la salud de nuestros huesos en todas las etapas de la vida: raquitismo en la infancia (afortunadamente, una enfermedad muy poco común en nuestro país), osteomalacia en la edad adulta u osteoporosis a medida que nos hacemos mayores.

La pareja conformada por la hormona D y el sistema óseo es clave en todas las etapas de nuestra vida

Desde nuestra perspectiva como profesionales sanitarios, se torna fundamental que realicemos una evaluación integral en la infancia centrada en las necesidades de los niños, incluyendo anamnesis alimentaria y poniendo especial atención a los casos de prematuros, trastornos de la conducta alimentaria, baja talla, desnutrición o sospecha de enfermedad ósea metabólica o raquitismo. De hecho, la suplementación con 400UI diarias de vitamina D es habitual en lactantes.

Durante la menopausia y en los mayores de 65 años, se hace necesario chequear los niveles de hormona D, al ser donde se concentran las poblaciones de mayor riesgo de insuficiencia o déficit. Además, existen otros grupos de riesgo como pacientes con síndromes de malabsorción, afectos de cirugía bariátrica, personas obesas, los que reciben tratamientos por enfermedades autoinmunes o aquellos que siguen tratamientos con corticoides o inhibidores de aromatasa. En estas poblaciones, se recomiendan dosis de entre 400 a 4000 UI/día.

Una población especialmente susceptible y crecientemente numerosa es la de adultos mayores institucionalizados, frágiles o con sarcopenia. Para este grupo, se recomendarían dosis superiores a las habituales, habiéndose demostrado en diversos estudios su valor en la conservación de la masa ósea, en el beneficio sobre la osteoporosis e, incluso, en la reducción del riesgo de fracturas.