Dermatitis atópica moderada y grave: una realidad desconocida

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Por Esther Serra, responsable de la Unidad de Inmunoalergia Cutánea del Servicio de Dermatología del Hospital de Sant Pau (Barcelona).

Está comprobado que cuando la dermatitis atópica se padece con un nivel de severidad de moderada a grave, nada tiene que ver con la dermatitis atópica comúnmente conocida y que afecta a una población muy amplia de gente, especialmente niños. Cuando la gravedad de la enfermedad es mayor, actividades tan cotidianas como dormir o ducharse suponen un gran reto para el que la sufre. El impacto en la calidad de vida de quienes padecen dermatitis atópica moderada a grave es muy superior a la de otras enfermedades cutáneas crónicas e incluso de algunas sistémicas.

La situación estresante de la enfermedad debido a lo que implica en las rutinas diarias de su vida y a la incertidumbre de los brotes, puede acarrear serias consecuencias para los pacientes con dermatitis atópica, para sus familiares y para sus cuidadores.

A esto se suma el deterioro provocado por los posibles efectos secundarios derivados de los tratamientos, un problema que impacta en la falta de adherencia y que —a su vez— ocasiona un mal control de la enfermedad y un mayor incremento de morbilidad y carga de la enfermedad. 

Sin embargo, esta realidad no es conocida en su globalidad en cierto sector de la sociedad, e incluso de la misma clase médica. No existe una investigación exhaustiva sobre la percepción que tienen los pacientes sobre su cuadro clínico ni sobre cómo manejarlo terapéutica y educacionalmente.

Para entender mejor la enfermedad, hace falta ser conscientes de que no se trata de “un simple eccema que pica”.  Se trata de un cuadro clínico complejo en los casos moderados-graves acompañado en su mayoría por un gran impacto psicológico con cuadros depresivos o de ansiedad, así como de comorbilidades alérgicas, vasculares o sistémicas, entre otras.

El picor es el síntoma principal de la dermatitis atópica. Cuando tenemos picor, esta sensación desagradable nos induce a un reflejo de rascado que, a su vez altera la barrera cutánea e incide en la respuesta neuronal, contribuyendo a empeorar el proceso y crear un círculo vicioso picor-rascado. Clínicamente, el rascado continuado ocasiona más inflamación y el riesgo de heridas con posibilidad de sobreinfecciones.

El prurito ocasiona que los pacientes no duerman bien por la noche y se ha relacionado con absentismo o no rendimiento laboral (presentismo) y —en el caso de los niños— alteraciones en el rendimiento escolar. Debido al gran impacto en la calidad de vida, la mayoría de los pacientes miden la severidad de la dermatitis atópica por la intensidad del picor, más que por la apariencia de sus lesiones.

Los pacientes necesitan un mayor soporte en el tratamiento de base con emolientes para poder tener un buen cumplimiento del cuidado de su piel y educación para que utilicen el tiempo que necesiten para ello. Asimismo, necesitan un buen y rápido acceso a la innovación terapéutica si no responden a las opciones iniciales.

Esto implica un buen canal de derivación rápido desde primaria al dermatólogo, en ocasiones, especialmente a un centro referente en dermatitis atópica, de manera que pueda instaurar, de ser necesario, tratamientos avanzados de tipo biológico o —en el futuro—pequeñas moléculas.

Mejorar la calidad de vida de los pacientes con dermatitis atópica empieza por la comprensión de su impacto en la vida de los pacientes y su entorno. Debemos ponernos “en su piel” y mejorar la comunicación con ellos para prescribir los tratamientos necesarios, así como continuar investigando para responder a las necesidades no cubiertas y avanzar para aliviar el impacto de esta patología en su vida.