Sabemos desde hace años que la resistencia antibacteriana (RAB) es un problema sanitario de primer orden. La humanidad no ha podido responder aún a la desesperada necesidad de acabar con las resistencias y su impacto en vidas. La concienciación es máxima y las alertas e iniciativas se han sucedido durante años, el último un plan de 2015, para acciones en una ventana de 5 a 10 años, de la OMS.

Medidas para combatir la RAB

Ya no hay una auto prescripción de antibióticos (en España fue un problema hace años) ni una sobre prescripción en procesos catarrales que no los necesitan. Se controlan los piensos de engorde al ganado para que no lleven antibióticos.

La propia Comisión Europea ha promovido iniciativas de I+D con distintas compañías que no han dado sus frutos, a pesar del esfuerzo investigador. Y muchas compañías han intentado sin éxito el desarrollo en solitario de nuevos antibióticos.

La OMS alerta que ninguno de los 43 antibióticos que hay en la actualidad en desarrollo clínico soluciona de forma completa el problema de la resistencias de las bacterias más peligrosas. La realidad es que estamos sin armas para combatir a muchas bacterias, tanto nosocomiales como extrahospitalarias.

Sin alternativas contra las resistencias

Hasta los año 80 se desarrollaron distintas líneas incluyendo mecanismos de acción concretos, fundamentalmente el target de la pared y membrana bacteriana, síntesis de proteínas en ribosomas (subunidad 30S y 50S), y síntesis de ácidos nucleicos (ARN y el ADN bacteriano). No se han encontrado nuevos lugares de acción susceptibles de acabar con las bacterias resistentes.

La OMS tiene una lista de patógenos prioritarios (WHO PPL) que orienta las prioridades de I+D desde 2017. En 2020 el pipeline es casi estático, con pocos antibióticos aprobados por las autoridades regulatorias en los últimos años. Algo más del 80% de los antibióticos desarrollados utilizan mecanismos de acción clásicos, siendo derivados de clases de antibióticos con RAB ya establecida. Por eso, es previsible una rápida aparición de resistencias a estos nuevos antibióticos. Además, esto limita su uso y no ofrece ningún incentivo para invertir. Investigar en antibióticos es más un acto filantrópico.

Los más afectados: vulnerables

Pero el problema radica en que son poblaciones vulnerables en distintos ámbitos los que sufren esta situación. La neumonía bacteriana y la septicemia son las principales causa de mortalidad en niños  y niñas por debajo de 5 años. Un tercio  de los neonatos con sepsis, según publica THE LANCET hoy, mueren a causa de bacterias multirresistentes.

La mortalidad de las infecciones nosocomiales bacterianas es un problema en estos momentos para las UCIs. De hecho, se están vuendo un incremento alto de bacteriemias en pacientes ingresados por COVID-19.

Las resistencias atacan de manera distinta a los países más desarrollados y en vías de desarrollo, pero les ataca a todos.

Iniciativas globales

Distintas iniciativas se han puesto en marcha para proporcionar inversiones permanentes en el desarrollo de nuevos antibióticos. La propia OMS a través de una alianza con DNDi promueven la Global Antibiotic R&D Partnership (GARDP). Recientemente, una coalición filantrópica de 12 compañías farmacéuticas ha creado el AMR Action Fund, junto a la OMS y el Banco Europeo de Inversiones. El objetivo de este fondo es asegurarse de que los antibióticos más innovadores y prometedores tengan la adecuada financiación para su desarrollo.

La conclusión es clara: nada de lo que se está desarrollando ni las recientes aprobaciones es suficiente para afrontar el incremento de resistencias antibacterianas. Una alarma sanitaria que se encuentra en un callejón sin salida, o con una salida estrecha.