El 14 de marzo se cumple justo un año de la declaración del estado de alarma en nuestro país. La situación, absolutamente excepcional en nuestra historia reciente, arrancaba con un horizonte de apenas quince días. Un año después, y con tres oleadas de COVID-19 sobre las espaldas de sanitarios y ciudadanos, y con el temor a otra más, antes de alcanzar la ansiada inmunidad colectiva gracias a las vacunas, la pandemia empieza a pasar factura en la salud mental.

Un estudio reciente, con encuestas a más de 9.000 profesionales sanitarios, arrojaba luz sobre el impacto en los profesionales sanitarios. Tras la primera oleada, casi la mitad de ellos presentaban riesgo alto de sufrir problemas de salud mental. Después del primer envite, incluso un 3,5 por ciento presentaba ideación suicida activa. El abanico de patologías con mayor presencia estaba integrado por depresión, ansiedad, pánico, estrés postraumático y abuso de sustancias.

Al margen de lo que recogen, de manera científica, los estudios, en hospitales y centros de salud, “entre bambalinas”, todos conocen a algún compañero que, tras esta experiencia traumática se ha planteado dejar la profesión por la que tanto ha luchado. La capacidad de aguante está al límite.

Es necesario impulsar protocolos de actuación y prevención de patología mental en los  profesionales sanitarios

La situación la plasma a la perfección Iria Miguens, miembro de la Junta Directiva de SEMES, en la entrevista que publicamos esta semana. No en vano, los médicos de urgencias, en primera línea desde el primer día, como ella remarca, son uno de los colectivos con mayor riesgo de este tipo de patologías, según el estudio.

Llegados a este punto, sentencia, la gestión de la pandemia debe pasar por establecer protocolos de cuidados, asistencia y detección precoz de síntomas de alerta de patología mental en los profesionales sanitarios. El panorama a medio plazo, con profesionales al límite, es más que preocupante.

A estas alturas resulta más necesario que nunca avanzar en políticas e iniciativas que permitan anticipar una respuesta antes de que sea demasiado tarde. La revisión de la Estrategia Nacional de Salud Mental, que está en la agenda de la ministra, es ya una urgencia, y debe proporcionar los mimbres para que las comunidades que aún no lo han hecho puedan trabajar, con recursos y visión de futuro, velando por la salud mental de sus profesionales sanitarios.

Tampoco hay que perder de vista que en un momento de preocupación, y desmotivación a veces, las noticias sobre la falta de acuerdo en la creación de especialidades como la de Urgencias, y el retraso a la hora de cumplir los compromisos anunciados, también aumenta la frustración de estos especialistas sin especialidad. No hay excusas. Es hora de pensar en ellos.


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