| viernes, 01 de marzo de 2019 h |

Hace no mucho un diputado comentaba entre los corrillos del Congreso que había dos profesiones que habían despeñado su dignidad por un barranco sin fin: los políticos y los periodistas. El problema para estos últimos, continuaba el congresista, es que no eran tan conscientes del descrédito que sufrían entre la ciudadanía como los primeros. Ambas profesiones son pilares básicos para una democracia sana y su deterioro, más pronto que tarde, acaba corroyendo y crispando a una sociedad hasta el colapso.

En este editorial no cabe ni una palabra más sobre política. Toca hablar de nosotros, los periodistas, y de cómo nuestro trabajo no está atravesando su mejor momento. A modo de ejemplo, miremos hacia la noticia falsa (fake new) que ha tenido que corregir uno de los medios nacionales más representativos: la acusación a una ex ministra sobre desviar fondos públicos para comprarse lencería (ni siquiera ropa interior, que nos va el morbo). En uno de los párrafos de la noticia redentora se llega a afirmar, implícitamente, que cuando lanzaron la acusación falsa no disponían de ninguna prueba empírica. No sabría decir si es en la primera clase, la segunda o al matricularse cuando a un estudiante de periodismo se le enseña que una información necesita ser contrastada…

¿Cómo, entonces, en un periódico tan relevante se comete tal anomalía profesional? No sé si están familiarizados con el término clickbite, pero es una de las respuestas a la pregunta. Los medios necesitan lectores para que sus páginas sean atractivas para el sector privado y decidan incluir publicidad. Este modelo de negocio se acentúa en Internet, donde nadie concibe pagar lo justo por la información que se recibe y el único sustento del medio de comunicación proviene de compañías privadas en forma de anuncio o informaciones patrocinadas. La necesidad de clicks de ratón se esconde tras muchas noticias y las prisas convierten a gran parte en fake news.

Esta reflexión nos conduce a un círculo vicioso del que hay que salir. Si nadie paga por informarse al igual que paga por una cerveza los medios de comunicación entran en una situación de estrés que conjuga muy mal con su razón de ser. Pero, ¿quién va a pagar por leer noticias falsas o de contenido pobre? Ese es el drama que, junto a los nuevos ‘profesionales’ de las redes sociales, tenemos que enfrentar los periodistas. Perdón por la parte que nos toque.