El tabaquismo es la primera causa de enfermedad y muerte evitable en el mundo. Esta afirmación debería ser suficiente para eliminar, o al menos reducir, el consumo de tabaco, teniendo en cuenta que además de las diversas afecciones neumológicas en las que puede derivar, como el cáncer de pulmón, también propicia el desarrollo de enfermedades gástricas o genitourinarias. Pero a pesar de los conocidos efectos negativos, como reflejan los expertos, todavía queda mucho por hacer. Mariano Provencio (GECP) y José María Martín Moreno (ECToH) coinciden en la necesidad de avanzar en políticas que ayuden a avanzar en esta misión, orientadas a conseguir una generación ‘libre de humos cuanto antes’.

Pero en el avance hacia estas soluciones, surgen nuevas barreras. Por ejemplo, el aumento del consumo de nuevos productos del tabaco como los cigarrillos electrónicos o los vapeadores, que como señalan los especialistas pueden dar una falsa sensación de seguridad a quienes los usan, siendo incluso utilizados para la deshabituación tabáquica.

En el camino hasta lograr una generación en la que no se consuma tabaco hay países que han informado recientemente que van a aplicar medidas drásticas. Por ejemplo, Nueva Zelanda ha puesto en marcha la prohibición de vender tabaco a aquellas personas nacidas a partir de 2009, iniciativa en la que ya se están fijando otros territorios como Dinamarca. Por su parte, Finlandia —con un consumo ya muy reducido entre su población— plantea eliminar la venta total de estos productos para 2030.

Mientras, en España, la actual Ley antitabaco entró en vigor en 2011, es decir, hace más de diez años. Una década en la que han surgido nuevos retos a los que urge hacer frente para seguir mejorando las cifras y hacer frente a un problema de salud pública de gran calado.

Precisamente especialistas como Provencio opinan que esta ley se ha quedado “estancada” y no ha sabido adaptarse a las nuevas formas de consumo. Otros expertos como Martín Moreno muestran un optimismo moderado, apuntando a un ‘vaso medio lleno’, con medidas que han conseguido un gran avance, y otras que están en el cajón a la espera de implantarse. Pero el tiempo apremia y urge poner en marcha políticas y campañas de gran calado, que logren reflejar el impacto que puede provocar el tabaquismo a nivel de salud individual y colectiva, reduciendo así el impacto sanitario de este hábito nocivo.

Una vez más, el trabajo conjunto de la administración, profesionales sanitarios, sociedades científicas y otros agentes involucrados se torna imprescindible para llegar hasta una meta clara: que dentro de unas décadas, al echar la vista atrás, el tabaquismo sea un mal del pasado.