TRIBUNA ENFERMERA

Por Florentino Pérez Raya, presidente del Consejo General de Enfermería

¿Quién echa de menos trabajar en una oficina con una nebulosa de humo de tabaco a su alrededor? ¿O paladear la comida en un buen restaurante con el aroma de decenas de cigarros flotando en el ambiente? Sin embargo, hace quince años se desató una agria polémica sobre la Ley Antitabaco, que primaba la salud de los no fumadores frente al supuesto derecho de los que destrozan su organismo con el tabaco. Con el tiempo, no sólo se ha asimilado y agradecido esa normativa, sino que incluso a la mayor parte de la población le resulta chocante -o repulsivo- rememorar esas escenas de locales nocturnos con los haces de luz reflejados en el humo, los ojos rojos y la ropa apestando y directa a la lavadora. Pues era lo normal y cotidiano. Y no digamos si echamos la vista atrás cuando se fumaba en aviones, platós de televisión o incluso en las clases de los colegios o una consulta.

Las normas en favor de la salud pública son propias de sociedades avanzadas y racionales. Sin embargo, pese a sus beneficios, la Ley Antitabaco dejó lagunas pendientes. De una de ellas hizo bandera la enfermería española hace casi cuatro años. Toda la Organización Colegial de Enfermería -Consejo General, Colegios provinciales y consejos autonómicos- además de las sociedades científicas y numerosas instituciones enfermeras se volcaron para llevar un mensaje a la sociedad: era incongruente que los menores estuvieran expuestos al humo del tabaco en el coche de sus padres.

Bajo esa campaña “Coche sin humo” denunciamos que los niños expuestos a este humo tienen un riesgo cuatro veces superior de sufrir cáncer en la edad adulta. O que la Organización Mundial de la Salud advierte que el 30% de las muertes por tabaquismo pasivo en el mundo se da en los niños y es responsable, además del cáncer, de un gran número de problemas, entre los que se encuentran sibilancias, tos crónica, asma, bronquitis, infecciones severas, neumonía, otitis e incluso obesidad. Ahora el Gobierno de España parece dispuesto a dar ese paso que las enfermeras reclamaban en su día y vetar el cigarrillo en el vehículo particular, como sucede en el transporte público, algo que aplaudimos pese al retraso. Habrá que ver si se concreta. Razones hay de sobra. Distintos estudios científicos demuestran que en el coche de un fumador hay más partículas dañinas de las que había en un bar cuando se podía fumar libremente. Prohibir que se fume en aquellos vehículos en los viajan menores es una prioridad. Y no se trata sólo de evitar el tabaco delante de otros, sino también en su ausencia pues las sustancias nocivas presentes en el humo del tabaco quedan retenidas en la superficie y se siguen respirando durante semanas, aunque ya no se fume.

Todas las medidas contra el tabaco salvan vidas, ya no sólo por preservar la salud del llamado fumador pasivo, sino porque también muchos fumadores están dejando su adicción, muchas veces con ayuda de su enfermera. Esperemos que el Gobierno no vacile a la hora de sacar adelante estas nuevas medidas contra este pernicioso hábito. La enfermería lo apoyará.