Antonio González.

“La incorporación de los inhibidores de PARP como tratamiento de mantenimiento tras quimioterapia en pacientes con cáncer de ovario recién diagnosticado ha cambiado radicalmente la forma en la que tratamos este cáncer”. Para Antonio González-Martin, director del Departamento de Oncología de la Clínica Universidad de Navarra e investigador principal del Estudio PRIMA es lo que él denomina “la revolución de los inhibidores de PARP”. Una revolución que ha cambiado drásticamente el escenario, hasta el punto de que, a día de hoy, se considera que “casi todas” las pacientes con cáncer de ovario en primera línea deberían recibir en mantenimiento un inhibidor del PARP. González matiza que todavía en algunos grupos no está claro.

En este escenario, ESMO 2022 ha avanzado datos del fase III PRIMA, que analiza niraparib (desarrollado como Zejula por GSK) en pacientes de largo seguimiento. “La primera vez que presentamos los datos de PRIMA fue en 2019, entonces las pacientes tenían un seguimiento de 14 meses. Ahora vamos presentamos datos con un seguimiento de tres años y medio. Esto nos da una idea muy concreta del efecto de niraparib como tratamiento de mantenimiento en la primera línea”, apunta González.

De este modo, los datos presentados en ESMO muestran que el beneficio observado se mantiene con este tratamiento y que las curvas de supervivencia continúan separadas, “es decir, que el efecto del niraparib es un efecto duradero”.

Además, como indica González, las pacientes que más se benefician son aquellas que tienen mutaciones de BRCA o déficit de recombinación homóloga (DRH).

“Por último, hemos visto que también pacientes que no tienen mutaciones de BRCA ni déficit de recombinación homóloga también se benefician del tratamiento”. Precisamente, en este último aspecto, el investigador principal aclara que uno de los principales retos en el campo del cáncer de ovario es, precisamente, encontrar el mejor tratamiento para pacientes que no tienen déficit de recombinación homóloga. En este sentido, también adelanta que existen muchas esperanzas puestas en los datos de inmunoterapia que van a venir el próximo año. 

En términos cuantitativos

Volviendo a ESMO 2022, en términos cuantitativos estos datos de PRIMA suponen que para el grupo de pacientes que tienen DRH, que son aproximadamente la mitad de las pacientes, una reducción del riesgo de recaída a la mitad. “Para todas las pacientes la reducción del riesgo de recaída es de aproximadamente un 35 por ciento”

Con respecto a datos de seguridad, se ha visto que en el largo seguimiento no ha habido nuevos efectos no esperados. Una cuestión muy importante con el uso de inhibidores de PARP es el desarrollo de síndromes mielodisplásicos o leucemias agudas. En este sentido, se mantiene en una incidencia por debajo del 1,5 por ciento, lo cual es similar a otros estudios con inhibidores de PARP en primera línea y mucho mejor, apunta González, que en estudios con inhibidores de PARP en segunda línea, donde probablemente al recibir las pacientes más quimioterapia tienen más riesgo del desarrollo de leucemias o síndromes mielodisplásicos.

¿Y antes de los inhibidores de PARP?

Hay algunas cuestiones del tratamiento en primera línea que no han cambiado a pesar de la llegada de los inhibidores de PARP. Por ejemplo, la cirugía, que sigue teniendo un papel extremadamente relevante en el tratamiento. Del mismo modo, la quimioterapia donde todas las pacientes con cáncer ovario avanzando epitelial tienen que recibirla.

Desde hace aproximadamente 10 años el arsenal terapéutico en este tumor cuenta con la opción de incorporar a la quimioterapia un tratamiento antiangiogénico. Globalmente, la mitad de las pacientes recibían este tratamiento en primera línea y la otra mitad no. “Desde 2019 tenemos la evidencia de que los inhibidores de PARP son capaces de cambiar la historia natural”, dice González. La principal diferencia entre inhibidores y el tratamiento antiangiogénico es que mientras los primeros el efecto es duradero, en la terapia antiangiogénica es temporal.