A lo largo de la historia de la psiquiatría se han identificado numerosos factores de riesgo en diferentes trastornos mentales. Sin embargo, en la práctica, resulta difícil cuantificar la relevancia de estos factores y hasta qué punto son responsables de los distintos trastornos mentales. En otras palabras, conocer qué porcentaje de los trastornos mentales es explicable por cada uno de los factores de riesgo identificados.

Celso Arango
Celso Arango, director del Instituto de Psiquiatría y Salud Mental del Hospital Universitario Gregorio Marañón.

Un estudio que publica la revista ‘Molecular Psychiatry’, a partir de la revisión de 2.278 registros y 1.382 estudios, pone el foco en un indicador clave, la fracción atribuible a la población (FAP). Celso Arango, director del Instituto de Psiquiatría y Salud Mental del Hospital Universitario Gregorio Marañón, es uno de sus diez autores y explica a GM el alcance de este trabajo, que puede orientar en el diseño de políticas de prevención en patologías en las que una parte de la carga de la enfermedad está en nuestras manos.

“La fracción atribuible a la población de los factores de riesgo es un indicador que marca, de un resultado determinado, qué porcentaje se asocia con una determinada variable, de tal manera que, si esa variable no está presente, ese porcentaje disminuye”, subraya Arango. “En nuestro caso vemos, de una determinada población, que tiene unas características, en este caso una enfermedad mental, qué porcentaje de enfermedad se explica por un determinado factor de riesgo”, profundiza.

Lo novedoso de este estudio, en su opinión, es tanto la revisión de un gran número de registros y artículos, como el empleo de este indicador y esta metodología en el campo de la psiquiatría. Estas herramientas son habituales en otras áreas, como la oncología, donde se ha estudiado con estos parámetros, por ejemplo, el impacto del tabaquismo en el cáncer de pulmón.

Una puerta abierta a la prevención

“Constatar este tipo de conexiones permite abrir un campo enorme de cara a la puesta en marcha de programas de prevención y salud pública”, destaca el experto, que detalla que en este caso se han centrado solo en aquellas conexiones que tienen factores que son modificables, de ahí el carácter pragmático de este estudio.

Si bien el FAP supone una intervención perfecta que erradica la exposición (es decir, una reducción del cien por cien de la prevalencia de los factores de riesgo), la eliminación completa de la exposición suele ser poco realista. Por lo tanto, los autores realizaron análisis adicionales secundarios calculando otra variable, la fracción atribuible generalizada, que estima la reducción proporcional en la incidencia de la enfermedad dada una disminución graduada en la prevalencia de un factor de riesgo, tal y como explican en el estudio.

A partir de este análisis, los investigadores han obtenido interesantes resultados, con diferentes niveles de evidencia que clasifican en dos categorías, clase I y clase II, ambas con un soporte científico muy relevante.

Cannabis y esquizofrenia

En el terreno de la esquizofrenia, trastornos esquizotípicos y delirantes, los resultados sugieren dos importantes asociaciones entre el consumo de cannabis y las adversidades infantiles como factores de riesgo para los trastornos de este espectro.

Celso Arango destaca que se trata de un tema “muy candente” con el debate de la legalización del cannabis, ya que explica por qué la incidencia de la esquizofrenia no es igual en las ciudades, donde esta droga tiene un mayor consumo, que en otros entornos.

Arango subraya que el trabajo constata que “el cannabis es un factor de riesgo para desarrollar esquizofrenia. Si se erradicara por completo su consumo, habría casi un diez por ciento menos de casos de esquizofrenia en países como el nuestro. Una cifra próxima a las 50.000 personas”.

“Lo importante es que de estos datos se deriven iniciativas y sirvan para aplicar medidas preventivas”

Celso Arango

En la misma línea, destaca que el impacto de las adversidades infantiles sobre la esquizofrenia pone el foco en la prevención en el ámbito educativo, la gestión emocional, el aprendizaje socioemocional y empático, el respeto hacia la diversidad y la gestión de la frustración, etc. “Todo ellos es probable que sea uno de los factores que ha hecho que después de la pandemia por COVID hayamos tenido unas cifras mucho más altas y nuevos casos de manera específica en esta población y no en otra”, advierte.

Según reflexiona el experto, “lo importante es que de estos datos se deriven iniciativas y sirvan para aplicar medidas preventivas”, un terreno complejo en la práctica en salud mental, en la medida que en psiquiatría y salud mental el retorno de las inversiones en prevención no es inmediato, algo que juega en su contra.

No ponemos en marcha una serie de medidas y tenemos un retorno al cabo de unos meses o un año, sino al cabo de diez o más años. Es algo que desde el punto de vista político tiene menos venta, y los gestores sanitarios no lo ven, porque entienden que las medallas se las llevarán otros que vendrán después”, lamenta.

Los factores de riesgo de los trastornos depresivos

Dentro de los trastornos del estado de ánimo, el estudio refleja cinco asociaciones de primera clase de cinco factores de riesgo para trastornos depresivos: disfunción sexual, cuatro o cinco factores de riesgo metabólicos, abuso físico infantil, tensión laboral y obesidad.

Asimismo, establece tres asociaciones de segundo nivel, entre el abuso sexual infantil; tres factores de riesgo metabólico para trastornos depresivos y las alteraciones del sueño como factor de riesgo de trastornos depresivos en la vejez.

El metaanálisis también ofrece un repaso por las evidencias entre factores de riesgo prevenibles y trastornos de desarrollo psicológico. Citan, por ejemplo, tres asociaciones de clase uno, que muestran una evidencia convincente, que vinculan obesidad materna antes del embarazo, sobrepeso materno antes y durante el embarazo y uso materno de paracetamol durante el embarazo con este tipo de alteraciones.

De igual modo, una asociación de segundo nivel vincula tabaquismo materno durante el embarazo como un factor de riesgo para el TDAH.

Proteger la salud mental desde la gestación

Sobre este asunto, Arango insiste en que durante la gestación el niño recibe a través de la placenta toda la alimentación de la madre en un momento en el que el Sistema Nervioso Central está en pleno desarrollo. Por eso, cualquier alteración, desde tener una infección a recibir malas noticias, pasando por seguir una mala alimentación, tenga un efecto en el sistema nervioso del feto que se pueda manifestar a lo largo de la vida. De hecho, el especialista considera que “unos de los mejores preventivistas en salud mental son los ginecólogos y los obstetras, ya que durante la gestación hay mucho en juego”.

Con respecto al tabaquismo, el psiquiatra admite que es difícil determinar qué influye sobre qué. “Es cierto que las mujeres fumadoras también tienen más problemas de TDAH y quizá consumen tabaco para calmarlo. Es un círculo, porque cuando no se tratan los trastornos por TDAH se duplica la posibilidad de consumo o abuso de sustancias”, recuerda.


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