Francisco Rosa Madrid | viernes, 06 de febrero de 2015 h |

La industria farmacéutica destina cada año alrededor de 30.000 millones de euros a I+D, según datos de la Efpia, su patronal europea. A día de hoy, nadie puede poner en duda su carácter innovador, pero las grandes compañías no caminan solas en este proceso. Universidades, centros públicos y pequeñas empresas biotecnológicas son las protagonistas en muchos casos del descubrimiento de nuevos mecanismos de acción y moléculas que serán desarrolladas por las grandes compañías, titulares de la mayoría de las nuevas autorizaciones de comercialización.

El director médico de Lilly en España, José Antonio Sacristán, señala que “por muy buenos profesionales que haya en una compañía, fuera siempre los habrá mejores”. Por este motivo, han tejido durante todos estos años una amplia red de colaboraciones con la intención “de incorporar las fuentes del conocimiento innovador que aporta, por ejemplo, la academia para dar un valor añadido real”, explica José Luis García, director médico de la filial española de Celgene.

El objetivo más inmediato de estos acuerdos, explican desde Pfizer, es hacer una innovación sostenible y productiva que pasa por “acortar el periodo de desarrollo de los medicamentos y optimizar los recursos que se dedican a este fin”. “Este tipo de alianzas permiten adaptarnos a otras formas de investigación, gestionar mejor el proceso de desarrollo desde el inicio y un mayor aprovechamiento de las plataformas tecnológicas emergentes”, añaden fuentes de esta compañía.

Los beneficios, no obstante, van más allá de los intereses de la propia industria. “Son para ambas partes. Y lo que es más importante, para los pacientes que podrán acceder a los nuevos medicamentos”, apunta María Jesús Alsar, directora médico de Sanofi en España.

Los organismos colaboradores reciben de distinta forma su contrapartida. En el caso de las pequeñas biotecnológicas, es habitual que se realice un pago inicial, al que se suman otros en función de hitos de desarrollo, regulatorios y ventas, así como royalties. En los últimos años, se ha incrementado el número de pequeñas operaciones de adquisión, en áreas como inmunología, cáncer o enfermedades raras, aunque los acuerdos suelen perfilarse cuando los fármacos han alcanzado la fases I/II.

Las colaboraciones entre compañías farmacéuticas también surgen con fuerza, con acuerdos como Transcelerate, o entre compañías grandes y pequeñas biotecnológicas.

Apoyando la formación

Sobre los acuerdos con universidades y centros públicos de investigación, Sacristán destaca que no siempre implican un pago por parte del laboratorio, aunque es habitual que los acuerdos marquen “desarrollos conjuntos, con derechos por los beneficios obtenidos si los fármacos tienen éxito”, indica.

La directora médico de Sanofi destaca la posibilidad de que se firmen acuerdos de transferencia de tecnología de una institución a otra, que suelen ser “fructíferos para ambas partes” y pueden contemplar el desplazamiento de investigadores entre instituciones. La industria también realiza importantes aportaciones en forma de proyectos de formación e investigación en las universidades, a través de becas y premios.

En nuestro país, el potencial de centros como el CNIO, CSIC o CNIC es de sobra conocido, al igual que el de algunas universidades. No es de extrañar, por tanto, que compañías como Celgene, Sanofi, Pfizer o Novartis cierren acuerdos provechosos con estas entidades.