Sergio Alonso es redactor jefe de ‘La Razón’ Puestos a suponer, supongamos. Supongamos, por ejemplo, y es sólo un suponer, que esto ya no es Matrix, sino la realidad misma. Supongamos por tanto que lo anterior era una ilusión, un sueño, una quimera, un oasis ficticio en medio del abrasador desierto, el delirio de Morfeo. Siempre de acuerdo con esta suposición, supongamos también que los que nos adentraron en el mundo onírico sobran, porque la realidad se impone siempre a los sueños y lo que menos le importa a esta última es que los sueños perduren, aunque sean bonitos. Supongamos que tres cautivadores nos ofrecieron por unos momentos el sueño de la razón y apostaron por valores hoy en decadencia como la ética, la justicia y la honorabilidad. Obviamente, y esto ya no es suponer, dichos valores chocan con el culto al dinero, el enriquecimiento fácil, la mentira, la añagaza, el contubernio y el servilismo que frisa con el vasallaje. Es cabal suponer entonces que cuando abrieron los ojos, los tres valientes pudieran decidir plantarse y decir basta. Basándonos siempre en esta suposición, es fácil imaginar lo que viene a continuación. Al igual que las víboras se revuelven contra el que las pisa, los injustos actúan contra los justos, eliminándolos uno a uno. Sucedió con el que sabía. Ha pasado también con el que ejecutaba e intentan ya hacerlo con el que manda. Es lo racional, lo lógico, lo previsible, lo más cartesiano y, a la vez, lo más cobarde: es la vileza llevada al extremo máximo, pero así es la realidad de la vida, enemiga siempre de los sueños. Recordemos que en el pasado sucedió algo parecido y aquello acabó en una orgía caníbal entre las víboras. Supongamos por tanto que por un momento los ofidios ganan la batalla y que los hombres justos van cayendo porque sus sueños son etéreos y se desvanecen. Pero supongamos también que, por una vez, y sin que sirva de precedente, parte de sus sueños persisten y terminan expandiéndose por la realidad. Las víboras ya han quedado identificadas porque han mostrado su sonrisa ofidia y su lengua viperina cuando había que mostrarla. En tres palabras: han quedado señaladas. Es fácil entonces que un equipo de herpetólogos se adentre en el templo en el que están alojadas y empiece a fumigarlas. Ya sé que más que Matrix, esto empieza a parecerse a una película de Indiana, pero la realidad tiene estas cosas: que cambia por momentos y se transmuta, llegando a sorprender incluso a los que quieren dibujarla. Siguiendo con esta suposición, supongamos que decenas de papeles salieron del templo mientras las víboras anidaban. Supongamos también que las instrucciones sobre cómo matarlas se han expandido tanto que ya no hay secreto alguno que no se sepa: los hombres justos hicieron su trabajo y gracias a él, es ya muy fácil matarlas. Los dueños del templo, que tanto empeño pusieron en guardar silencio sobre lo que allí ocurría, ganaron la batalla, pero han empezado a perder la guerra. Sabiamente informados, los herpetólogos tienen todas las herramientas necesarias para fumigar y aguardan el mejor momento, en espera del foco de las cámaras. La operación es muy golosa y hay que saber explotarla. En esta suposición, los buenos siempre ganan y su sueño, que es el de los justos, termina imponiéndose sobre la pesadilla de los vasallos, que quedan apresados a los pies de sus amos. | viernes, 15 de febrero de 2013 h |

¿Qué miembro de la junta directiva de un colegio de médicos es administrador mancomunado de una empresa que presta servicios para dicho colegio?

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¿Qué cuerpo de seguridad del Estado tiene ya en su poder información registral sobre dicha empresa y sobre el sujeto en cuestión?

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