SERGIO ALONSO,
Redactor jefe
de La Razón
| viernes, 10 de enero de 2014 h |

Durante los últimos meses, se ha reabierto en los cenáculos periodísticos y no tan periodísticos un debate tremendamente interesante que parecía enfriado, y ante el que quizás convenga deternerse. La duda existencial, el Leit motiv de la discordia, el desencadenante de una corriente telúrica de opiniones interesadas o no puede resumirse en la siguiente pregunta: ¿Es más transparente la industria farmacéutica hoy que antaño o, por el contrario, se encuentra inmersa en un proceso de involución, que le está haciendo volver a tiempos pretéritos? Aunque no les falta parte de razón a los que esgrimen la primera postura como la correcta, a la vista de lo sucedido en épocas pasadas, yo voy a efectuar una defensa encendida de la segunda porque entiendo que tras el gran cambio experimentado en pos de la apertura, las compañías farmacéuticas que operan en España -al menos, muchas de ellas- están dando un gigantesco y difícilmente reversible paso atrás. Me explico: después de años de oscurantismo, la industria farmacéutica experimentó una transformación a mejor que ha llegado hasta nuestros días. No exenta de responsabilidad en este proceso aperturista fue la paulatina profesionalización de Farmaindustria y la apuesta decidida de esta patronal por un modelo de comunicación que caló como lluvia fina sobre compañías, decisores y otros agentes del sector ajenos o no al mundo del medicamento como los proveedores de productos y tecnología sanitaria. De golpe y porrazo, los directivos salieron a la palestra, llegaron a ser humanos y la industria le cogió el gusto a aquello de salir en Prensa. Al calor de ese fenómeno proliferaron también los medios especializados y las noticias sobre el sector. Lamentablemente, la crisis ha truncado este atractivo proceso, que a la par que abría a la sociedad el mundo de los laboratorios, mejoraba la opinión sobre ellos entre los ciudadanos. Increíblemente ajenas a las ventajas intangibles de esta apertura, las compañías han decidido incluir a la comunicación en la lista de partidas recortables, subsumir dichas tareas en los trabajos de márketing, y enroscarse sobre sí mismas como si fueran erizos ante los gélidos vientos que soplan por las calles. El resultado es que hoy se hace menos información y vuelve a ahondarse la misma relación con la sociedad que antes se había estrechado. No exento de culpa de esta tendencia es el increíble y, a mi juicio inexplicable, autocontrol al que parece querer someterse la industria. Mientras otros sectores alardean de sus marcas, presumen de sus logros y sacan pecho hasta cuando no tienen que hacerlo, los laboratorios viven acomplejados por rémoras del pasado, el temor a las autoridades y un complejo innato de culpa que les impide propagar sus hitos de forma abierta.

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