| miércoles, 10 de abril de 2013 h |

La pérdida de solo cinco kilos de peso de media, mantenida durante años en una población, podría reducir en un tercio la mortalidad por enfermedades coronarias y en casi la mitad las defunciones por diabetes. También bajarían, en un porcentaje menor, las muertes por infarto cerebral o ictus. Al menos así se desprende de un estudio de intervención poblacional único en el mundo, ya que se ha encargado de analizar datos de la población cubana durante treinta años. Concretamente, lo que hace única a esta muestra es que esta población experimentó en su totalidad una pérdida de peso moderada y un aumento importante de la práctica de ejercicio físico entre 1991 y 1995, motivado por la práctica anulación de los medios de trasporte públicos y privados a raíz de la caída de la Unión Soviética. Una circunstancia que provocó que el porcentaje de población con niveles de actividad física moderada aumentara de un 30 a un 80 por ciento y que la ingesta calórica per cápita pasara de 3.000 a 2.200 calorías diarias. Además, otra de las ventajas de la población cubana es que es su homogeneidad. “No hay grandes diferencias en salud, raza, renta o nivel educativo”, explica Manuel Franco, profesor en las universidades de Alcalá y John Hopkins e investigador en el Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC).

Pero este estudio, publicado en el ‘British Medical Journal’ y en el que han participado investigadores de España, Cuba y estados Unidos, no se queda aquí, ya que la evaluación de resultados continuó en la etapa inmediatamente posterior, entre 1995 y 2000. En ese periodo, la población aumentó su peso en una media de nueve kilos y la prevalencia de diabetes se disparó desde 1997. Además, si bien en 1996, cinco años después del inicio de la pérdida de peso, comenzó una rápida disminución en la mortalidad por diabetes que duró seis años, en 2002 se revirtieron estas tendencias y la mortalidad por diabetes inició una tendencia ascendente. Un dato que sí sorprendió a los investigadores es que, a diferencia de lo que pensaban, el aumento de peso no incrementó la tasa de mortalidad por enfermedad coronaria (que había disminuido un 34 por ciento entre los años 1996 y 2002), estabilizándose entonces la tasa de defunciones ya que, si bien no continuó disminuyendo, tampoco aumentó.

A la luz de estas cifras, los investigadores también han subrayado que no es posible concluir que uno de los tres factores (menor ingesta calórica, pérdida de peso y aumento de ejercicio) sea más importante que otro a la hora de disminuir la mortalidad cardiovascular. Además, en un editorial en BMJ, Walter Millet, profesor de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Harvard y Director del Departamento de Nutrición, añade que los autores “son cautos en la interpretación de sus resultados” y evitan “atribuir todos los cambios en las tasas de enfermedad a las modificaciones en el peso”. Pero lo que sí concluyen, explica Franco, es la importancia de “promover la salud en todos, como sociedad”, un objetivo que exige que las intervenciones no estén solo centradas en los grupos de riesgo, sino en toda la población.