| lunes, 28 de junio de 2010 h |

Sergio Alonso es redactor jefe de ‘La Razón’

Poco a poco, sin prisa pero sin pausa, la Federación de Asociaciones Científico-Médicas de España (Facme), el conglomerado de la mayoría de las sociedades científicas existentes país, se está convirtiendo en el auténtico referente médico dentro del siempre convulso sector sanitario español. El trascendental acuerdo de colaboración suscrito recientemente con Humberto Arnés, director general de Farmaindustria, una patronal que no da nunca puntadas sin hilo, no es casual. Refrenda el proceso de consolidación de una organización modernizada y profesionalizada, que avanza a pasos agigantados hacia el estrellato desde el práctico anonimato social en el que se hallaba sumida. El papel jugado para ello por el doctor Avelino Ferrero y gran parte de su actual junta directiva ha sido trascendental, y confirma que la estrategia de trabajo trazada hace escasos años con minuciosidad de relojero suizo era la correcta. De ahí que empiecen a verse ahora sus frutos y, también, que surjan las primeras envidias en otros colectivos mucho menos ágiles e inteligentes a la hora de operar. Era algo lógico y previsible.

Facme está triunfando en la Sanidad española porque sus principales dirigentes tienen credibilidad y porque son gente seria, honrada e independiente. Tres valores sustanciales que cobran especial importancia en un momento como el actual, de grave crisis económica, tras la que subyace en realidad una crisis de valores sin precedentes. El aviso a navegantes debería quedar ya claro: el camino de la ética es el único que permitirá ver la luz al final del largo túnel. Los laboratorios, cuya inteligencia no debe nunca despreciarse, han apostado pues sobre seguro. Siempre han preferido a compañeros de viaje sólidos, solventes y creíbles, que a organizaciones erráticas y descabaladas, que siguen ancladas en los años ochenta y no han sabido todavía subirse al tren de la modernidad, para desgracia de sus supuestos representados. Como suele ser habitual, la estulticia acarrea consecuencias funestas para quien la desarrolla.

El rol de Ferrero en todo este proceso de modernización de Facme resulta digno de elogio. Ajeno en principio al distorsionado mundo de las organizaciones sanitarias, el doctor tuvo que hacer sobre la marcha un máster acelerado en política y relaciones institucionales. Aterrizó de nuevas, pero dejó pronto de ser novato y se movió con habilidad entre bastidores, acostumbrándose a sufrir todo tipo de presiones. Algo también lógico. Ya se advirtió aquí hace muchos meses, en esta misma página, que Facme iba a convertirse pronto en objeto de deseo de trepas y de anhelantes de la apropiación cómoda del éxito ajeno para compensar los fracasos propios. Especialmente intuitivo y muy inteligente, aprendió a pasos acelerados y ha sabido siempre mantener la asepsia dentro de la cordialidad y de la distancia. A lo largo de los últimos años, ha tenido además la suerte de estar siempre bien asesorado por un motor como es Carmen Valdés y por numerosos presidentes de sociedades científicas que, afortunadamente, basan en la defensa de sus asociados la esencia de su labor en lugar de poner la mira en la prosperidad de su propio bolsillo. Ferrero dejará Facme a final de año tras un bagaje arrollador, muy difícil de igualar, y tras situar a la federación en la primera división de la Sanidad española. La mismísima Farmaindustria la considera ya un interlocutor de igual a igual. No tendrá por ello fácil José Manuel Bajo Arenas, presidente de las Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia, y futuro sucesor, mantener tan alto el listón. Su éxito o su fracaso dependerá muy mucho de la fuerza intrínseca que sepa dar a las sociedades científicas a las que representará, y de la capacidad que tenga de aislarlas frente a todo tipo de injerencias externas que intentarán succionar los logros de Facme en beneficio propio.