rocío chiva Madrid | viernes, 30 de enero de 2015 h |

En pleno debate acerca de las implicaciones de la microbiota intestinal en el desarrollo de múltiples patologías, la esofagitis eosinofílica —una patología de reciente aparición, ya que se caracterizó hace solo 20 años, y cuyo origen se sospecha asociado a medios excesivamente estériles— ha sido uno de los temas protagonistas de la 11º Reunión de Controversias y Novedades en Alergias (CYNA).

Identificada en sus comienzos con el reflujo gastroesofágico, la detección de eosinófilos en las biopsias de estos pacientes acabaron definiendo esta enfermedad inflamatoria del esófago como una entidad separada. Provocada en la mayoría de los casos por la ingesta de leche, huevos o trigo, estudios recientes sugieren un papel muy limitado de la inmunoglobulina E (IgE) —mediadora de la mayoría de las alergias— y “un papel más relevante de la IgG4 tisular”, explica Alfredo Lucendo, responsable de Digestivo del Hospital de Tomelloso.

En cuanto al origen de esta “enfermedad de Occidente”, la investigación apunta a solo un 15 por ciento de explicación genética, lo cual deja un 85 por ciento de la probabilidad a causas ambientales. Entre estos posibles factores, Lucendo destaca la exposición a antibióticos en las primeras etapas de la vida o la actividad de los linfocitos NKT invariantes, implicados en la maduración del sistema inmune en estas primeras etapas, además de la ya citada presencia de un medio execsivamente estéril. Estos factores podrían provocar modificaciones en la flora intestinal que, después, podrían traducirse en respuestas exageradas ante sustancias frente a las que, en principio, no deberían existir reacciones.

El problema es que la media de tiempo para el diagnóstico es de 28 meses en niños y de hasta cuatro años en adultos. Y, mientras, la enfermedad va progresando y derivando en “fibrosis en la capas más profundas de la pared esofágica”, apunta Lucendo. Así, se va creando un depósito de colágeno por debajo del epitelio del esófago que continúa creciendo mientras que el paciente no es diagnosticado. De hecho, uno de los tratamientos en esta patología es la dilatación endoscópica ya que, como advierte este profesional, “este depósito termina provocando estenosis”. Además, también se realizan dietas empíricas, pero ello requiere la realización de biopsias y endoscopias frecuentes.

En cuanto al tratamiento farmacológico, los corticoides son muy eficaces, pero tienen un problema: la enfermedad recurre si se suspende el tratamiento. Además, no existe una terapia específica y, por el momento, se utilizan los inhaladores para el asma y los corticoides líquidos en rinitis alérgica, aunque por vía oral en los casos de esofagitis. De ahí que la investigación esté actualmente dirigida a la búsiqueda de “nuevas formulaciones que permitan dejar un corticoide tópico en el esófago, un órgano generalmente de paso”, apunta Lucendo. En cuanto a anticuerpos monoclonales, existen ensayos en fase II con anticuerpos que bloquean la interleucina-13.

Anafilaxia

Otro de los temas que continúan generando controversia es la anafilaxia, área en la que existen todavía muchos asuntos pendientes como, por ejemplo, la no existencia de un protocolo armonizado de actuación en el manejo de estos episodios, que consisten básicamente en la administración de adrenalina —si bien España casi alcanza el 50 por ciento, “hay países de la UE en los que la administración de adrenalina no llega a más del 20 por ciento de los pacientes”, señala Montserrat Fernández, responsable de la Unidad de Alergias del Clínico de Madrid—. Además del tratamiento, la realización de ensayos clínicos también presenta problemas, ya que no es posible prever un episodio de estas características ni es ético “randomizar pacientes en riesgo vital”, apunta Antonella Muraro, la próxima presidenta de la Academia Americana de Alergia e Inmunología Clínica (EAACI). El reto ahora, enfatiza, es “diseminar e implementar las Guías Europeas sobre anafilaxia” presentadas el pasado mes de junio en el Congreso de la EAACI y que, para ella, es “la parte más dura del proceso”.

En investigación, Fernández destaca la búsqueda de biomarcadores capaces de predecir qué pacientes están en riesgo de sufrir un episodio de anafilaxia y el estudio de una nueva vía de administración sublingual de la adrenalina, una línea con la que de momento no se han obtenido buenos resultados.