Rocío chiva Madrid | viernes, 20 de febrero de 2015 h |

Con el objetivo de conocer la incidencia real y mejorar la metodología de detección de la diarrea por Clostridium difficile, un grupo de científicos españoles liderados por Emilio Bouza, jefe del Servicio de Enfermedades Infecciosas y Microbiología del Hospital Gregorio Marañón, decidió en 2009 poner en marcha un proyecto de recogida de muestras de heces diarreicas de más de 100 hospitales españoles. “Una vez que teníamos los resultados, tratábamos de averiguar qué había pasado en el hospital de origen: si el médico había pedido que se investigase la posible presencia de C.difficile y si el procedimiento del laboratorio había sido eficaz o no”, explica Bouza. Los datos de este primer estudio confirmaron las sospechas de este grupo de investigación ya que, como señala este infectólogo, “dos de cada tres casos pasaban desapercibidos”.

A raíz de estos resultados, se creó un grupo de trabajo de C. difficile y comenzó una campaña de información y concienciación a los profesionales que, a tenor de los resultados obtenidos en un segundo estudio en enero de 2013 y un tercer estudio en junio de 2013 —las épocas de mayor y menor incidencia de la enfermedad, respectivamente—, presentados ambos en una reciente reunión del grupo celebrada en la Fundación Ramón Areces, ha resultado efectiva. ”Ya solo una tercera parte de los casos pasan desapercibidos, los clínicos sospechan mucho más de esta enfermedad y los laboratorios de microbiología tienen una tecnología mucho mejor”, concluye Bouza. Los secretos del éxito, apunta este especialista, han sido la creación de algoritmos de trabajo, la recomendación a los microbiólogos de que busquen la presencia de esta bacteria aunque los clínicos no lo soliciten y la introducción progresiva en hospitales de una nueva tecnología molecular.

También en esta reunión, se han presentado los datos del estudio Euclid, una investigación a nivel europeo creada a imagen y semejanza de los estudios españoles y que ha confirmado también las sospechas del grupo. Con una media de entre 8 y 10 episodios por cada 10.000 días de estancia, España se sitúa en la media europea, por lo que, enfatiza Bouza, “el infradiagnóstico de C. difficile no es un problema español, sino europeo”. En los extremos, se sitúan los países nórdicos, con una media de más de 20 episodios por cada 10.000 días de estancia. En el extremo opuesto, países con medias diagnósticas de entre uno y dos episodios. Unas cifras que se explican, opina Bouza, “por la mayor o menor presión de búsqueda que se hace” y no por una incidencia realmente mayor en los países que tienen estas cifras más altas.

Aunque eminentemente una infección nosocomial, los resultados de los estudios llevados a cabo por este grupo de trabajo apuntan a la presencia de diarrea por C. difficile también fuera del hospital. Así, el perfil de paciente muy mayor, ingresado en el hospital y en tratamiento con antibióticos convive con otro perfil de paciente no anciano, que está en casa y en los que, en ocasiones, “no es posible demostrar que la causa sean los antibióticos”, subraya Bouza. Una circunstancia que ha obligado al grupo a extender su campaña de comunicación también a los profesionales que trabajan con pacientes en el ámbito extrahospitalario.

La relación entre obesidad y C. difficile

Según una línea de trabajo especulativa, la obesidad no solo tendría que ver con el aumento de calorías o la genética, sino con una microbiota intestinal que no maneja bien estas calorías. En concreto, apunta Bouza, la investigación evidencia dos hechos: que las alteraciones de la microbiota intestinal que tienen los obesos se parecen a las alteraciones de pacientes con C. difficile y que los obesos se infectan más por esta bacteria que los no obesos. “Por tanto, cabría la posibilidad de especular con que, en el futuro, pudiese haber una línea terapéutica en obesidad que tuviese que ver con la microbiota”, aventura este profesional.

Además, ya hay estudios experimentales que han demostrado la eficacia de una vacuna frente a esta bacteria. La duda ahora es, destaca Bouza, “en qué población es coste-eficiente aplicar esta vacuna”, ya que ni es posible aplicarla en pacientes ya infectados porque tarda cierto tiempo en hacer efecto ni tampoco se ha calculado exactamente el tiempo que dura la protección tras la vacuna. De esta forma, ya existen diseños de ensayos clínicos, algunos de los cuales todavía no han empezado, que buscan averiguar en qué muestra poblacional sería más efectivo administrar la vacuna frente a C.difficile, una bacteria con, afortunadamente, un perfil bajo de resistencia.