Lucía Barrera, Directora de
Gaceta Médica
| viernes, 02 de octubre de 2015 h |

El debate sobre la puesta en marcha de las Unidades de Gestión Clínica (UGC) viene de lejos pero ha sido con la crisis económica donde ha alcanzado su punto álgido, como una de las herramientas que podría dar más eficiencia al Sistema Nacional de Salud. Obviando las voces contrarias con discursos ya repetitivos que ven en este sistema una tapadera para la privatización, han sido los propios profesionales los que han pedido por activa y por pasiva que se pongan en marcha en todo el territorio nacional.

De hecho, la aprobación de un real decreto de gestión clínica era condición sine qua non para el pacto que el Foro de la Profesión Médica firmó en Moncloa allá por julio de 2013. Sin embargo, este texto normativo se ha ido desinflando hasta tal punto que ahora, cuando está a punto de ver la luz, los profesionales lo ven como un regalo envenenado del que reniegan. La principal razón es que del texto inicial, donde los médicos ponían como premisa que los incentivos no estuvieran ligados al ahorro que produzcan estas unidades y que el liderazgo de las mismas recaiga en los facultativos, al que está en este momento en el Consejo de Estado, hay diferencias insalvables que están contribuyendo a hacer tambalear el acuerdo con el Ejecutivo, como muestra la salida de CESM.

El real decreto tampoco ha gustado a muchas comunidades autónomas, especialmente a aquellas que ya tienen implantadas sus propias normativas, como sucede en Andalucía. Sin embargo, les bastará con ignorarlo, teniendo en cuenta que el documento es de carácter voluntario. Así, está claro que la gestión clínica no le está saliendo rentable al ministerio, en un momento en el que no conviene tener colectivos descontentos ante la proximidad de las generales.

El resultado de todo esto es que es el sistema y los pacientes quienes pierden, ya que las estructuras que están en marcha, gracias a la voluntad de gestores y profesionales, funcionan bien. Falta de conocimiento y de confianza, miedo al control de resultados y escasez de líderes preparados es lo que lastra una cuestión que va más allá de los incentivos.