gm Madrid | viernes, 21 de febrero de 2014 h |

“Una buena historia clínica que descarte otras causas de citopenia y la confirmación de ciertas alteraciones morfológicas en la celularidad hematopoyética de la sangre periférica y la médula ósea es fundamental para el diagnóstico de los síndromes mielodisplásicos (SMD), sobre todo en estadíos iniciales”. Con esta frase, María Teresa Cedena, adjunta de Hematología del 12 de Octubre, pone de manifiesto una de los principales problemas de este conjunto de patologías: su dificultad de diagnóstico.

Al menos hasta el momento, ya que ahora comienzan a aparecer nuevas herramientas para el diagnóstico genético que han permitido detectar alteraciones genéticas y han contribuido a la mejora en el conocimiento de la fisiopatología de la enfermedad, tal y como se ha puesto de manifiesto en el 5º Programa Educacional en SMD, organizado por Celgene y el Hospital 12 de Octubre de Madrid.

Otro de los temas que se ha tratado en este curso es el de la identificación de los factores pronóstico, ya que se ha revisado recientemente el índice pronóstico internacional, lo que ha permitido identificar nuevos subgrupos tanto en pacientes de bajo riesgo (que necesitan transfusiones de forma constante) como de alto riesgo (con una esperanza de vida por debajo de un año). Además, el factor edad es determinante, no considerándose el trasplante como una opción si el paciente tiene más de 70 años.

De ahí que, especialmente en estos casos, sea necesario contemplar otras opciones. Sobre esto, Jaime Pérez de Oteyza, director de Hematología de HM Hospitales y profesor de Medicina del CEU, habló del cambio de paradigma que ha supuesto la aparición de fármacos como lenalidomida y azacitidina. “La lenalidomida ha mejorado la calidad de vida de los pacientes con síndrome 5Q-, ya que disminuye la necesidad de transfusiones de sangre y mejora su supervivencia; asimismo, el tratamiento con azacitidina en pacientes de alto riesgo ha conseguido prácticamente duplicar la supervivencia”, ha destacado.